Cuadra el horario real, reparte los aprendizajes durante el año y conecta cada situación y sesión con los criterios que tendrás que evaluar, sin mantener documentos separados.
Una programación didáctica de Educación Física es el plan de un curso completo de la materia para un contexto determinado: este centro, estas instalaciones, este material, este horario y este alumnado. No es un resumen del currículo ni un listado de actividades, aunque muchos documentos acaben siendo una de las dos cosas. Es la explicación razonada de por qué el curso se organiza así y de cómo vas a comprobar que el alumnado aprende.
Con la LOMLOE, lo que cambió no fue el índice del documento, sino la lógica interna. El eje ya no son los contenidos que hay que dar, sino las competencias que hay que desarrollar, y eso obliga a que todo el documento se sostenga sobre una cadena: competencias específicas → criterios de evaluación → saberes básicos → situaciones de aprendizaje. Cuando esa cadena está bien montada, la programación se escribe casi sola. Cuando no, aparecen los síntomas de siempre: criterios que no se evalúan en ninguna unidad, saberes que solo existen en un listado y una calificación que no se puede aplicar con cinco grupos.
En Educación Física hay además una dificultad propia: el espacio y el clima condicionan la temporalización más que en cualquier otra materia, y el número de sesiones semanales y el detalle exigido en el documento varían de una comunidad autónoma a otra. Todo lo que sigue está escrito para trabajar sobre el currículo que te aplica, no para sustituirlo.
El índice suele ser parecido en todas partes, pero el orden en que se rellena no es el orden en que se lee. Casi todos los atascos vienen de empezar por la introducción y dejar el reparto de criterios y la evaluación para el final.
Instalaciones, material disponible, horario, número de grupos y características del alumnado. Es lo que hace que las decisiones posteriores sean defendibles.
Competencias clave del perfil de salida, competencias específicas de Educación Física, criterios de evaluación y saberes básicos del curso.
Qué unidades hay, en qué orden, en qué trimestre y con cuántas sesiones cada una.
El marco de tareas de cada unidad: contexto, reto motor, producto final y transferencia.
Tipos de tarea, agrupamientos, estilos de enseñanza, gestión del material y del espacio, y rutinas de clase.
Instrumentos por unidad, momentos de recogida de evidencias y cómo se traducen los criterios en una calificación.
Adaptaciones reales de tarea, espacio, material y agrupamiento, más las medidas de refuerzo y ampliación.
Educación en valores, hábitos de vida activa, prevención de riesgos y gestión de la instalación.
Material propio del centro, espacios exteriores, salidas y proyectos con otras materias.
Cómo compruebas al final de cada trimestre si lo planificado se está cumpliendo y qué cambias.
Primero cierra el contexto, porque condiciona todo lo demás: cuántas sesiones tienes a la semana, qué espacios te toca compartir, qué material hay de verdad en el almacén y cómo son los grupos. Después vacía el currículo de tu comunidad en una tabla, fuera del documento: una columna con las competencias específicas, otra con los criterios de evaluación del curso y otra con los saberes básicos. Esa tabla es la materia prima del reparto.
El tercer paso es el mapa de unidades: una fila por unidad y, en columnas, los criterios que se trabajan, los saberes implicados, el trimestre y el número de sesiones. Es en esa tabla, y no en el texto, donde se ve si algún criterio se queda sin evaluar, si el segundo trimestre está sobrecargado o si hay una unidad de dos sesiones que no da tiempo a nada.
Cuarto, resuelve la evaluación antes de redactar: qué evidencias recoges en cada unidad, con qué instrumento y cómo se convierten en calificación. Si esto se deja para el final, hay que encajarlo a la fuerza sobre unidades ya cerradas. Quinto, desarrolla una unidad completa como patrón, sesión a sesión, con su situación de aprendizaje y su evaluación; cuando funcione, replica la estructura en las demás.
Solo entonces merece la pena redactar la introducción, la metodología y los apartados de recursos y transversales, que se escriben rápido cuando las decisiones ya están tomadas. Y al final, revisa el documento al revés: coge cada criterio de evaluación y comprueba en qué unidad se trabaja y con qué instrumento se mide.
Este es el núcleo del modelo y lo que menos claro se tiene. No son cuatro listados que van uno detrás de otro en el índice: son cuatro eslabones que tienen que poder recorrerse en los dos sentidos.
Son el punto de partida: describen lo que el alumnado debe ser capaz de hacer en Educación Física al terminar la etapa. Son pocas y las fija el currículo de tu etapa. No se evalúan directamente, se concretan en criterios.
Cada competencia específica se despliega en criterios de evaluación por curso. Son la unidad de trabajo real: lo que vas a observar, lo que se reparte entre unidades y lo que sostiene la calificación.
Los conocimientos, destrezas y actitudes que hacen falta para alcanzar esos criterios, agrupados en bloques. La denominación y el número de bloques varían según la comunidad autónoma: usa los del currículo que te aplica.
El escenario donde se juntan las tres piezas anteriores: un contexto con sentido, un reto motor, unas tareas y un producto final. Es lo que el alumnado vive y lo que tú evalúas.
Hacia abajo, el recorrido es este: eliges una competencia específica, miras qué criterios de evaluación de tu curso la concretan, seleccionas los saberes básicos que hacen falta para llegar a esos criterios y diseñas una situación de aprendizaje donde el alumnado tenga que usarlos para resolver algo. La situación aterriza en sesiones, y las sesiones en tareas.
Hacia arriba es donde se detectan los fallos, y es la comprobación que casi nadie hace: coge una tarea cualquiera de una de tus sesiones y pregúntate a qué saber básico responde, qué criterio de evaluación permite observar y de qué competencia específica forma parte. Si el camino de vuelta se corta, esa tarea está ahí por costumbre. Un juego de persecución puede ser excelente y no responder a nada de lo que dijiste que ibas a evaluar.
La confusión más habitual es tratar los saberes básicos como si fueran los contenidos de antes y organizar la programación por deportes, para después colgar criterios encima de cada unidad. Se nota enseguida: aparecen los mismos dos o tres criterios en todas las unidades, y varios que no aparecen en ninguna. El reparto tiene que ir en la otra dirección: primero se reparten los criterios entre unidades y después se decide con qué práctica se trabajan, que puede ser un deporte, un reto cooperativo, una actividad en el medio natural o una unidad de expresión corporal.
Sobre las situaciones de aprendizaje, lo que las distingue de una unidad tradicional es que hay un contexto con sentido y algo que el alumnado produce o resuelve. Cuatro piezas ayudan a comprobar que una situación está completa: un contexto reconocible, un reto que no se resuelve con una sola habilidad, un producto final observable y una transferencia a la vida activa fuera de clase. En EF los productos salen casi solos: una coreografía, un torneo organizado por el propio alumnado, un circuito diseñado para otro grupo, una ruta preparada y realizada, un plan de acondicionamiento propio.
Antes de decidir cuántas unidades hay, hay que saber cuántas sesiones tienes de verdad. El número de sesiones semanales de Educación Física lo fija el horario de cada etapa y varía según la comunidad autónoma, así que el cálculo se hace con el tuyo: sesiones por semana multiplicadas por las semanas efectivas de clase. Y efectivas quiere decir descontando festivos, puentes, jornadas de evaluación, actividades de centro, salidas y las sesiones que se pierden por lluvia o por tener el pabellón ocupado. El resultado siempre es menor de lo que parece sobre el calendario en blanco.
Con ese total, la aritmética es sencilla. Si trabajas con unidades de entre seis y ocho sesiones, salen del orden de tres o cuatro unidades por trimestre; con unidades más cortas, de cuatro o cinco sesiones, caben algunas más pero es más difícil llegar a un producto final decente. Como orientación, unidades de menos de cuatro sesiones rara vez permiten aprender algo evaluable, y por encima de diez el grupo se desengancha. Los trimestres tampoco son iguales: el primero suele ser el más largo y el segundo el que más sesiones pierde.
Para distribuir los contenidos entre trimestres pesan dos criterios que a veces compiten. El primero es material: lo que necesita pista exterior o campo va al primer y al tercer trimestre, y lo que se puede hacer en un espacio cubierto reducido —expresión corporal, deportes de raqueta adaptados, acondicionamiento, juegos cooperativos— se reserva para el segundo. El segundo criterio es la progresión del aprendizaje: primero las unidades que construyen base y las normas de funcionamiento del grupo, después las que se apoyan en esa base, y al final las que exigen más autonomía, como un proyecto organizado por el alumnado.
El reparto de criterios de evaluación va en paralelo al reparto de unidades, y conviene revisarlo con dos comprobaciones. Una: cada criterio debe trabajarse en al menos una unidad, y los criterios más transversales —los de convivencia, autorregulación o hábitos saludables— pueden recorrer varias sin problema. Dos: cada trimestre tiene que reunir evidencias suficientes para calificar por sí mismo, sin que todo dependa de una única unidad; si una se cae por lluvia, la calificación de ese trimestre no puede quedarse en el aire.
Un último consejo: deja margen. Reservar una o dos sesiones sueltas por trimestre para lo imprevisto es más útil que planificar al milímetro y arrastrar retraso desde octubre.
Los tres términos se usan a veces como sinónimos y no lo son: son tres niveles de concreción del mismo plan, y cada uno se revisa en un momento distinto.
Un curso completo, todo el año
El documento de referencia de la materia para un curso y un contexto. Recoge el marco curricular, la secuencia de unidades, la metodología, la evaluación y las medidas de atención a las diferencias. Es el documento que se entrega en el centro y el que se defiende en una oposición.
Un bloque de varias sesiones
Una pieza de esa secuencia, con sus criterios de evaluación asignados, sus saberes básicos, su situación de aprendizaje y sus sesiones. Tiene principio y final, y suele cerrarse con un producto o una tarea de síntesis.
Sesión a sesión, con el grupo delante
La concreción de la unidad para un grupo concreto: qué se hace en cada sesión, con qué material, en qué espacio, con qué agrupamientos y qué se observa. Es el nivel que se ajusta durante el curso, cuando el grupo o la instalación obligan a cambiar.
La relación entre los tres es de arriba abajo, pero la información también sube. La programación didáctica marca el marco y el reparto; la unidad concreta un trozo de ese reparto; la programación de aula lo convierte en clases dadas. Lo que aprendes dando clase —que una tarea no funciona con treinta alumnos, que el instrumento de evaluación es imposible de rellenar mientras arbitras— es exactamente lo que debe modificar la programación del curso siguiente.
En el uso administrativo, la programación didáctica es el documento que se entrega y queda en el centro, normalmente aprobado dentro de la programación general anual, y la programación de aula es un instrumento de trabajo personal del docente. El detalle exigible en cada nivel depende de tu comunidad autónoma y del propio centro, así que merece la pena preguntar antes de escribir doscientas páginas o veinte.
Casi ninguno tiene que ver con no conocer el currículo: son problemas de coherencia interna, y se detectan releyendo el documento al revés.
El marco curricular se resuelve en una tarde. Lo que se come el curso es bajar cada unidad a sesiones concretas, con sus tareas, sus tiempos, su material y su instrumento de evaluación. Con el constructor de sesiones ordenas unidad por unidad, reutilizas lo que ya te funcionó y llegas al primer día de clase con la secuencia entera concretada.
Como referencia tienes sesiones de EF completas y el banco de juegos. Los planes, en precios.
Cada pieza de la programación tiene sus propias decisiones. Aquí están las entradas a cada una, y se irá ampliando con guías específicas.
Cómo repartir criterios, saberes y unidades en los tres trimestres sin que la temporalización se desmonte en febrero.
Ver guías de programaciónContexto, reto motor, tareas y producto final: cómo se construye una situación de aprendizaje de EF que se pueda dar tal cual.
Ver guías de programaciónInstrumentos por criterio, recogida de evidencias en el pabellón y paso de los criterios a la calificación.
Ver guías de evaluaciónQué hay en cada bloque de saberes y cómo se convierten en tareas en lugar de quedarse en un listado.
Ver guías de programaciónDe la unidad a las sesiones: progresión, material, agrupamientos y cierre con producto final.
Ver sesiones de EFLa programación como documento que se presenta y se defiende ante un tribunal, con la unidad que se extrae de ella.
Ver la guíaTareas por objetivo y material para rellenar las sesiones de cada unidad.
Persecución, cooperativos, expresión corporal, habilidades motrices y más.
Tests y registro de resultados, si tu programación valora la condición física.
Material de apoyo por bloques de contenido para preparar las unidades.
O recorre el blog completo.
El contexto del centro y del grupo, el marco curricular de la etapa (competencias específicas, criterios de evaluación y saberes básicos), la secuencia de unidades con su temporalización, las situaciones de aprendizaje, la metodología, el sistema de evaluación y calificación, la atención a las diferencias individuales, los elementos transversales y los recursos. El índice exacto y el nivel de detalle los concreta cada comunidad autónoma y, dentro de ella, el proyecto educativo del centro: conviene confirmarlo antes de maquetar.
Son una cadena, no tres listados paralelos. Las competencias específicas dicen qué debe ser capaz de hacer el alumnado en Educación Física; cada una se despliega en criterios de evaluación por curso, que son lo que realmente observas y calificas; los saberes básicos aportan el conocimiento, las destrezas y las actitudes que hacen falta para alcanzar esos criterios. Las situaciones de aprendizaje son el escenario donde las tres piezas se ponen en juego a la vez. Si programas por deportes y luego intentas colgar criterios encima, la cadena se rompe.
El número sale de la aritmética de tu horario, no de una cifra ideal: cuenta las sesiones reales que te quedan por trimestre después de descontar festivos, evaluaciones y actividades de centro, y reparte. Con unidades de entre seis y ocho sesiones salen del orden de tres o cuatro por trimestre; con unidades más cortas, alguna más. Lo importante es que todas tengan un nivel de concreción parecido y que entre ellas queden cubiertos todos los criterios de evaluación del curso.
Son tres niveles de concreción del mismo plan. La programación didáctica cubre un curso completo de la materia y es el documento de referencia. La unidad didáctica es una pieza de esa secuencia, con sus criterios asignados y sus sesiones. La programación de aula es la bajada de esa unidad al día a día de un grupo concreto: qué se hace en cada sesión, con qué material y con qué organización. La programación didáctica se revisa entre cursos; la programación de aula se ajusta durante el curso.
Pesan dos cosas: el clima y la instalación, y la progresión del aprendizaje. Lo que necesita pista exterior encaja mejor en el primer y el tercer trimestre, y lo que se puede hacer en un espacio cubierto reducido conviene reservarlo para el segundo, que es cuando más se pierden sesiones. Sobre eso, coloca primero las unidades que construyen base (habilidades motrices, condición física, cooperación) y después las que se apoyan en ellas. Reparte los criterios de evaluación de forma que cada trimestre tenga evidencias suficientes para calificar sin depender de una sola unidad.
No necesariamente uno a uno. Lo habitual es que una unidad se organice alrededor de una situación de aprendizaje con producto final —un reto motor colectivo, una coreografía, un torneo organizado por el alumnado, una ruta— y que en unidades largas haya más de una. Lo que no funciona es llamar situación de aprendizaje a una lista de juegos sin contexto ni producto: la situación necesita un escenario con sentido, una tarea que exija movilizar varios saberes y algo que el alumnado produzca o resuelva.
No. Lo que cambia de un curso a otro es el contexto: los grupos, el horario, el material y las actividades del centro. El marco curricular es el mismo mientras no cambie el currículo de tu comunidad. Lo eficiente es tener el reparto de criterios y la secuencia de unidades en un formato reutilizable y ajustar cada año el contexto, la temporalización y las unidades que no funcionaron. Conviene anotar durante el curso qué se cayó y por qué, porque en septiembre ya no se recuerda.
Sirve como material de partida, no como documento final. La programación del departamento está escrita para otro propósito, con un nivel de detalle distinto y para un contexto que no es el que tú vas a defender. Para una oposición se pide un documento propio, con un contexto concreto, decisiones justificadas y unidades que puedas explicar una por una sin buscarlas en el índice.