El testigo que respira
Descripción
La clase se sienta en un corro amplio con las piernas cruzadas o estiradas, todos mirando hacia dentro. Un saquito de arena hace de testigo. Quien lo tiene levanta el brazo despacio mientras inspira por la nariz y lo baja mientras espira por la boca; los veinticuatro compañeros siguen ese brazo con su propia respiración. Cuando ha marcado dos ciclos completos, pasa el saquito al compañero de su derecha. La única consigna es que cada portador tiene que hacer su ciclo un poco más largo que el anterior, nunca más corto. El maestro cuenta por lo bajo la duración del primer ciclo y la del último, y al terminar la vuelta al corro dice los dos números: el grupo comprueba que ha pasado, por ejemplo, de cuatro segundos a nueve sin que nadie se lo haya pedido. Todos los alumnos están haciendo la misma tarea en todo momento, de modo que el testigo no crea espera: solo decide quién lleva el ritmo. Si en algún paso el ciclo se acorta, no se penaliza a nadie; se anota y se vuelve a intentar con el compañero siguiente. Al llegar el saquito al punto de partida, la clase se queda treinta segundos respirando en silencio sin nadie marcando, que es el momento que de verdad cierra la sesión.
Objetivo
Reducir la frecuencia respiratoria y cardiaca al final de la sesión con un ciclo respiratorio progresivamente más largo, y repartir el papel de guía entre los veinticinco para que la relajación no dependa de la voz del maestro.
Qué se trabaja
Seguridad3
No se fuerza la apnea: entre la inspiración y la espiración no se retiene el aire, porque un alumno que se marea en un ciclo largo lo hace precisamente en la retención.
Cualquier alumno puede abandonar el patrón y respirar a su ritmo en cualquier momento sin pedir permiso; se avisa antes de empezar y se recuerda si alguien se agobia.
El corro no se monta sobre suelo frío y húmedo ni junto a una puerta abierta: cinco minutos sentado después del esfuerzo enfrían el cuerpo muy deprisa.